Rosas, Aguado y los últimos años de San Martín
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Dos hombres fueron decisivos para aliviar la situación económica del Libertador durante su exilio europeo.
Durante muchos años, José de San Martín atravesó en Europa una situación económica muy precaria. Había dejado atrás la vida militar y política, pero los servicios prestados al Gobierno del Río de la Plata no habían sido acompañados por una retribución regular.
El primero en reconocer esa deuda fue Juan Manuel de Rosas (y esa fue la razón por la que el Libertador retribuyó ese acto de justicia entregándole lo poco que tenía; su sable corvo. NdeR).
A mediados de la década de 1830, durante el gobierno de Rosas, comenzaron a pagarse las pensiones que San Martín tenía pendientes. Existe una versión según la cual se le habría enviado de una sola vez todo lo adeudado durante los años anteriores, pero ese dato no está corroborado. Lo que sí consta es que San Martín comenzó a recibir regularmente la pensión que le correspondía.
Después de más de diez años de estrecheces económicas en Europa, esa ayuda significó para el Libertador un alivio importante. Pero hubo otra persona que tendría una influencia todavía mayor en sus últimos años: Alejandro Aguado.
La relación entre ambos comenzó alrededor de 1840. San Martín se encontraba entonces muy enfermo, afectado por el cólera, una enfermedad que provocaba numerosas muertes en Europa. Aguado, que ocupaba un importante cargo político en la zona donde residía San Martín, había puesto en marcha una campaña de asistencia para los afectados por la epidemia. Fue en esas circunstancias cuando conoció personalmente al Libertador.
Aguado quedó impresionado al descubrir que aquel hombre enfermo era José de San Martín. A partir de entonces nació una amistad que se mantendría hasta la muerte de Aguado.
En ocasiones se ha afirmado que ambos ya se conocían de la época en que habían servido en el ejército español. Es posible, pero no está corroborado. Habían participado en escenarios diferentes y no existen elementos suficientes para afirmar que su amistad se remontara a aquellos años. Lo que sí está documentado es la estrecha relación que construyeron posteriormente.
Aguado era un hombre extraordinariamente rico. Había llegado a convertirse en uno de los banqueros más importantes de Europa y prestaba dinero incluso a gobiernos. Al advertir la situación económica de San Martín, le regaló una importante colección de obras de arte que poseía. San Martín la vendió y con ese dinero pudo comprar su primera casa en Europa.
La confianza de Aguado en su amigo llegó todavía más lejos. Considerándolo un hombre honesto y responsable, lo nombró albacea de sus bienes y protector de sus hijos menores.
Tiempo después, Aguado compró unas minas en España que todavía no había visitado y decidió viajar para conocerlas. Invitó a San Martín a acompañarlo y este aceptó. Pero apareció un inconveniente inesperado: España no quiso extenderle a San Martín (que residía en Francia) un pasaporte reconociéndolo como general. Se lo ofrecían simplemente como ciudadano, como señor San Martín.
El Libertador se negó.
Su respuesta fue tajante: no ingresaría a España si no se reconocía su condición de general. Como las autoridades españolas no cedieron, San Martín decidió no realizar el viaje y Aguado partió solo. Durante el trayecto sufrió un accidente con la diligencia en la que viajaba. Pasó una noche expuesto al intenso frío y murió al día siguiente.
La negativa de San Martín a viajar terminó salvándole, probablemente, de correr la misma suerte. Pero la muerte de Aguado tuvo otra consecuencia decisiva para sus últimos años. Como había sido designado albacea, San Martín quedó encargado de administrar la herencia y de velar por los intereses de los hijos menores de su amigo.
Así, la relación nacida durante una enfermedad terminó convirtiéndose en uno de los vínculos más importantes de la última etapa de su vida.
La pensión que comenzó a recibir durante el gobierno de Rosas y, posteriormente, la confianza y amistad de Alejandro Aguado permitieron que San Martín terminara sus años en Europa con una posición económica mucho más desahogada que la que había conocido durante buena parte de su exilio.
(Resumen del streaming del investigador Ariel Gustavo Pérez).

