Educación
Malestar por la acción de un establecimiento escolar
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Crespo. Aunque han transcurrido un par de semanas, todavía se escuchan comentarios dispersos sobre un detalle curioso observado frente a un colegio católico de la ciudad, el Instituto Privado D-198 San José, durante los días 24, 25 y 26 de marzo.
El 24 se conmemoró en el país el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, al cumplirse 50 años del último golpe de Estado en Argentina. El contenido original de esta fecha ha tenido, en los últimos años, la oportunidad de ser sometido al debate, en procura de completar la historia, ya más despojada de sesgos ideológicos y enriquecida con valiosos aportes documentales de historiadores contemporáneos.
El caso es que no cayó bien en algunas personas que el frente de la institución hubiera sido destacado con pañuelos blancos, símbolos de la organización Madres de Plaza de Mayo, y consignas militantes que probablemente surgieron de clases alusivas dictadas en el aula por la misma docente que promovió el embanderamiento. De hecho, no se recuerda una “celebración pública” similar en otras fechas que merecerían igual criterio. Esto motivó que un vecino de la ciudad dirigiera una nota a las autoridades del establecimiento, en ambos niveles, presentando su queja, que ingresó por secretaría.
“(...) Pero cuenten la historia completa en las escuelas, objetivamente; caso contrario es adoctrinamiento. Y si eso que estaba colgado frente a la institución se lo hicieron hacer a los alumnos, también es adoctrinamiento, y los padres y familias no mandan a sus hijos a la escuela para eso. Puede y debe haber debate al respecto, pero sin sesgos partidarios y con información completa y verdadera”, planteó en una nota más extensa.
El vecino, abuelo de alumnos de ese establecimiento educativo, sostuvo que hasta tanto no se completen los dos lados de la historia, “no habrá reconciliación y sin reconciliación no habrá paz”. Opinó además que las autoridades del establecimiento deberían hacer un descargo público y honrar más los ideales de su fundador, el padre Santiago Gebhardt, “al que conocí muy bien, y sus cofundadores que han puesto espíritu, alma, corazón, tiempo y bolsillo” para la concreción de esta obra.
Si cabe una reflexión más aquí, vale decir que en temas donde la memoria se enseña, la frontera entre recordar y bajar línea siempre queda bajo sospecha. Tal vez el desafío de la escuela no sea elegir un relato, sino enseñar a pensar incluso aquello que incomoda al propio relato.

