El borrador de la historia
Lusera, el aperitivo entrerriano que supo tener sabor a campo y memoria
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En base a investigación de Jorge Riani
Hubo un tiempo en que ninguna pulpería, ningún boliche de campo y ningún bar de pueblo entrerriano estaba completo sin una botella de Lusera sobre el mostrador. De color marrón oscuro, sabor amargo y espíritu intenso, el aperitivo fue durante décadas la bebida preferida de gauchos, paisanos e inmigrantes que aprendieron a reconocer en su fórmula la esencia del monte y la identidad del Litoral.
El aperitivo Lusera comenzó a fabricarse en 1913 en Concepción del Uruguay y se mantuvo vigente hasta su desaparición definitiva en la década de 1990. Su creador fue Nicolás Miloslavich, un inmigrante yugoslavo que había llegado a Entre Ríos en 1871 y que en 1899 instaló una fábrica de licores en la histórica ciudad.
La bebida estaba elaborada con hierbas del monte entrerriano: yuyo de lucero o lusera (Pluchea Sauveoleus), marcela, arazá, angélica, quina, menta y centaura, entre otras especies, además de secretos de receta que nunca se revelaron. El resultado era un aperitivo amargo, aromático y profundamente regional.
“El aperitivo estimula el apetito y tonifica el estómago”, anunciaban sus publicidades. Pero para los parroquianos del campo, Lusera era simplemente el trago fuerte que acompañaba largas charlas, silencios compartidos y noches de guitarra.
La Lusera en la mirada de Yupanqui
La bebida quedó inmortalizada en la literatura de Atahualpa Yupanqui, quien retrató su encuentro con la Lusera y con los personajes del interior entrerriano durante su paso por Rosario del Tala en 1931.
“Frente a una pequeña mesa, sirvió un poco de Lusera, la bebida tradicional de Entre Ríos”, escribió el músico y poeta, al relatar una noche en el bar del pueblo junto a un bolichero judío, Rabinovich, a quien recordaría como uno de los grandes gestos de humanidad de su vida errante.
En sus palabras, la Lusera se fundía con el paisaje, el silencio, la lluvia, los ríos y la hospitalidad del campo. “Jamás olvidaré el gesto de ese gaucho judío”, dejó escrito Yupanqui, sintetizando en una escena mínima la grandeza de la vida rural entrerriana.
Una fábrica, una ciudad, una historia
La empresa Lusera S.A. fue fundada en 1913 por vecinos de Concepción del Uruguay, entre ellos Nicolás y Rodolfo Miloslavich, Francisco Tavella, los hermanos Artusi, Juan Puchulu, Carlos Kirchner y otros apellidos profundamente ligados a la historia local.
La fábrica funcionó primero en Galarza y América (actual 14 de Julio) y luego ocupó una manzana completa delimitada por las actuales calles Estrada, Artusi, Santa María de Oro y las vías del ferrocarril. El edificio, de arquitectura industrial inglesa, albergó enormes máquinas, y hasta producía hielo.
En 1917, apenas cuatro años después de su lanzamiento, Lusera obtuvo la Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Milán, iniciando un recorrido de premios en Sevilla, Rosario y Buenos Aires.
Un símbolo cultural
Más que una bebida, Lusera se transformó en un símbolo cultural. Sus carteles enlozados, hoy piezas codiciadas por coleccionistas, eran habituales en canchas de bochas, donde servían incluso para marcar el puntaje de las partidas: R y L, rayadas y lisas.
En Gualeguaychú, los llamados “bailes del Lusera” fueron los más populares durante las décadas del 40 y 50. Según el historiador Gustavo Rivas, esos encuentros mezclaban lo urbano y lo rural en el Parque Unzué, bajo un gran cartel del aperitivo que dominaba el paisaje nocturno.
El final de una época
Entre las muchas cosas que se llevó la década del noventa, también se perdió el aperitivo Lusera. Junto a él desapareció Marcela, otra bebida entrerriana. Con su ausencia, se apagó también el sabor de la selva montielera embotellada.
Hoy, Lusera sobrevive en la memoria, en los relatos, en las palabras de Yupanqui, en los carteles oxidados y en la nostalgia de quienes saben que hubo un tiempo en que el campo entrerriano también se bebía.
Porque Lusera no era solo un aperitivo: era el gusto amargo, entrañable y profundo de una identidad que todavía busca reencontrarse con sus raíces.
