Sociedad
La otra Argentina, de la que se habla poco
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Entre tanto ruido, bronca y descreimiento, pareciera que la Argentina se resume en una pelea constante: política sucia, escándalos, denuncias, instituciones gubernamentales y no gubernamentales con dirigentes corruptos, poder por el poder mismo. Según los grandes medios, en las últimas décadas el país siempre estuvo al borde del colapso. Entonces, ¿cómo es que salimos a las calles y todo se mueve, funciona y avanza? Lo que allí vemos es la otra Argentina, la de una inmensa mayoría.
Es la Argentina que madruga para trabajar, producir, transportar, enseñar, cuidar y crear. La que levanta el país sin discursos, sin marketing, sin estridencias. Esa es la que merece ser contada.
En el campo están los pequeños y medianos productores que todavía la bancan sin entregar su tierra en arriendo. Las cooperativas agroindustriales, que multiplican el trabajo reinvirtiendo cada peso en sus comunidades. Los medianos empresarios que se juegan el capital con préstamos para crear más empleo, mientras solo tienen prensa los que cierran o despiden. Apicultores, tamberos, citricultores, ganaderos, yerbateros, horticultores y arroceros también forman parte de esta patria silenciosa que nunca afloja. Lo mismo ocurre con muchas organizaciones civiles sin fines de lucro.
En las ciudades, miles de pymes industriales se reinventan en condiciones desfavorables para sostener el empleo y competir en mercados cada vez más exigentes; muchas quedan fuera de competencia, se reinventan, intentan otras formas.
Emprendedores jóvenes impulsan la economía del conocimiento exportando software, robótica e inteligencia artificial. INVAP y ARSAT son símbolos de una Argentina capaz de crear tecnología de punta cuando hay convicción y trabajo en equipo. Entre Ríos, en particular, con sus parques industriales y ahora con su Mirador Tecnológico.
En educación conviven docentes de alma con burócratas de la docencia, junto a maestros y profesores que recorren kilómetros para dar clases sin recurrir a carpetas médicas falseadas por algún médico de lapicera fácil. Los investigadores del CONICET, aquellos que realmente trabajan, crean y perseveran en medio de las dificultades, representan la vocación más noble. Universidades públicas y escuelas técnicas siguen siendo espacios donde nacer en desventaja no significa tener menos oportunidades. Miles de ONGs crean y hacen. Y son infinitamente más las fundaciones que trabajan por el bien de la sociedad que las creadas para blanquear ingresos mal habidos.
En salud, médicos, enfermeros y voluntarios sostienen hospitales, dispensarios y campañas solidarias. Nunca son todos, pero son multitud. Fundaciones y bancos de alimentos multiplican la ayuda. Científicos argentinos desarrollan vacunas y kits de diagnóstico en laboratorios modestos, pero con un talento inmenso. De eso no se habla porque carece de impacto, condición fundamental para ser visible.
También están los clubes de barrio, los bomberos voluntarios, las cooperativas de servicios, los municipios pequeños donde se trabaja con lo que se puede. Están los artesanos, los artistas y los periodistas de medios locales que cuentan realidades que no venden rating, pero sí verdad.
Y están las familias, millones que cada día se levantan a pelearla para vivir con dignidad. Son quienes enseñan a sus hijos que trabajar, estudiar, respetar y ayudar sigue valiendo la pena.
Esa Argentina existe, aunque no ocupe los titulares. Es la que alimenta, educa, produce, innova y sostiene el entramado invisible que nos permite seguir de pie. Cuando todo parece perdido, basta con mirar alrededor: está en el vecino que da una mano, en la maestra que no se rinde, en el horticultor que vuelve a plantar, en el empresario que invierte a pesar de todo, en el joven que programa desde su casa para el mundo.
La otra Argentina no grita. Trabaja. Y aunque otros se peleen por los micrófonos, las cajas y el botín, es ella la que, silenciosamente, sigue haciendo grande a la Nación.

