La ciudad que aparece cuando nos miramos
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Hay años que regresan en imágenes. Para mí, 2016 es el predio de la Fiesta Nacional de la Avicultura colmado de gente y, unas semanas después, el agua ocupando nuevamente su lugar en el Parque del Lago. “La Sole” en el escenario; el espejo del lago devolviendo el cielo. A diez años, esas escenas forman parte de una misma memoria: la de una ciudad que se reencontraba en lo que comparte.
En 2015 se abrió una nueva etapa para nuestra ciudad. Quienes formábamos parte de ese equipo veníamos ideando proyectos para la ciudad desde hacía años; el resultado electoral nos dio la posibilidad de hacerlos realidad y la responsabilidad de responder a las urgencias de la ciudad. Estábamos llenos de ideas y entendiamos que gobernar era nuestra oportunidad de transformar una realidad que nos interpelaba. También había oportunidades que veníamos viendo pasar. En medio de las decisiones cotidianas, nos acompañaba una pregunta más honda: ¿cómo hacer lugar al futuro sin desoír la memoria que nos había traído hasta acá? La transformación que imaginábamos empezaba por algo sencillo y exigente: reconocer lo que ya era valioso para Crespo, devolverle vitalidad y confiar en que la comunidad sabría hacerlo suyo.
Sabiamos que la Fiesta podía ser ese puente colectivo entre las ideas y la realidad, una forma de empezar a transformarla desde aquello que la comunidad reconocía como propio. Sentíamos que se había apartado de su esencia y que nuestra tarea era recuperar el vínculo que le daba sentido: que la avicultura y el trabajo de nuestra gente fueran protagonistas de una celebración compartida. En Crespo, la avicultura no cabe en una cifra de producción: está hecha de jornadas largas, de familias que aprendieron el oficio y lo transmitieron, de emprendimientos que crecieron y, fundamentalmente, de instituciones que hicieron del esfuerzo compartido una manera de avanzar. La Fiesta tenía que dar lugar a esa historia y, al mismo tiempo, convocar a quienes la continúan hoy. Esa fue la apuesta más arriesgada, la de renovar una tradición para que las nuevas generaciones también pudieran reconocerse en ella.
En la 26ta edición empezamos por volver visible esa memoria. La innovación fue nuestro método: conectamos las historias, las imágenes y las personas para transformar estructuras, prácticas y vínculos que nos permitieron convertirla en un exito. Se reunieron revistas y fotografías de las primeras fiestas, se invitó a las familias a compartir recuerdos, se sumaron artistas, clubes, instituciones y comercios. Las vidrieras también se vistieron de fiesta. Antes de llegar al predio, la celebración ya había empezado en la ciudad. Se expresó en sus voces, sus gestos y, sobre todo, en la posibilidad de reconocernos en una historia común. La propuesta fue ganando la confianza de la comunidad y amplió su carácter: de un encuentro de perfil técnico, ligado a la actividad avícola, pasó a ser también una celebración popular y cultural, capaz de convocar a toda la ciudad. La voz de “La Sole” quedó unida a aquella apuesta y, en esta edición, regresa como símbolo de su vigencia y como recordatorio de su sentido.
Semanas más tarde llegó el turno del Parque del Lago, otro lugar profundamente arraigado en la vida de los crespenses. Había sido paseo, paisaje de tardes compartidas, primera imagen verde para quien entraba a la ciudad. Pero llevaba años sin agua. Las aves y otros animales se habían ido; el deterioro estaba a la vista. En la memoria de los crespenses, el parque seguía vivo en los relatos y en el deseo de reencontrarse. Recuperarlo fue una conquista colectiva y el momento de saldar una deuda común. Para nosotros, también fue la señal de que comenzaba una nueva etapa: la de hacer realidad lo que durante años habíamos imaginado.
En diciembre de 2016, el agua regresó al lago y se inauguró el anfiteatro renovado. Los crespenses decidieron volver a reunirse entre música, danza y propuestas locales. El parque recuperaba su reflejo y, con él, la posibilidad de renacer como un espacio para disfrutar, compartir, proyectar y soñar de nuevo. Un espacio público vive cuando logra volverse parte de los días comunes: cuando el que pasa, se queda, invita a otros, vuelve. Esa “vida compartida” empezó entonces. En los años siguientes llegaron más transformaciones, iniciativas y encuentros; el parque fue llenándose de vida. Hoy es un lugar de encuentro y bienvenida para los crespenses y para quienes visitan la ciudad.
Vuelvo a aquellos dos recuerdos. Una fiesta y un parque que la acuna, ambos revelan el sentido concreto de lo público: hacer posibles lugares abiertos donde la historia de la ciudad se celebre. La gestión puede poner en marcha una obra y sostener las condiciones para que exista; la comunidad le da duración cuando regresa, la habita y la cuida. Un espacio puede inaugurarse en una tarde. Convertirlo en parte de la vida de una ciudad es un trabajo de años y el sueño compartido de muchos.
En estos tiempos, es fundamental seguir cuidando y fortaleciendo los espacios que hemos ganado y que ya forman parte de la vida cotidiana de la ciudad. Allí conviven las anécdotas, la cultura, el deporte y esas charlas que hacen posible el encuentro y el disfrute. El desafío es promover un uso responsable y, a la vez, imaginar con creatividad nuevas maneras de habitarlos. El espacio público es profundamente democrático: está abierto a todos y reúne historias de vida que posibilitan recordar y revitalizar nuestra identidad provincial, nacional y de nuestra “patria chica”.
Escribo estas palabras porque siento una alegría particular y orgullo que al volver puedo disfrutar de algo que soñamos entre muchos hoy continua siendo un espacio inclusivo, vibrante, elegido y disfrutado porque fue pensado por la comunidad crespense para su propio bienestar y el de aquellos que nos eligen.
