El borrador de la historia
19 de abril de 1987: el día en que la democracia argentina enfrentó su primera gran crisis
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A partir de un trabajo del historiador y escritor Esteban Dómina, el 19 de abril de 1987 —Domingo de Pascua— vuelve a cobrar relevancia como uno de los momentos más delicados de la joven democracia argentina. Aquella jornada marcó el punto culminante de una Semana Santa convulsionada por el primer levantamiento de los llamados “carapintadas”, un sector del Ejército que se sublevó durante la presidencia de Raúl Alfonsín.
Una rebelión en plena transición democrática
El alzamiento fue protagonizado por militares que, en muchos casos, habían participado en la represión ilegal durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983). Temerosos de ser juzgados por delitos de lesa humanidad, reclamaban garantías de impunidad frente al avance de la Justicia.
El conflicto se inscribía en un contexto tenso: tras el histórico Juicio a las Juntas, que condenó a los principales responsables del régimen, el Congreso había sancionado la Ley de Punto Final, buscando limitar la continuidad de las causas. Sin embargo, la norma dejó una ventana temporal para nuevas imputaciones, lo que activó una carrera judicial impulsada por organismos de derechos humanos.
Lejos de calmar las aguas, ese escenario reavivó el malestar en sectores militares, que endurecieron su postura y comenzaron a organizar la resistencia.
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El liderazgo de Aldo Rico y la crisis en Campo de Mayo
El levantamiento fue encabezado por el entonces coronel Aldo Rico, quien se erigió como vocero del grupo. Bajo la consigna de la “obediencia debida”, los sublevados exigían una solución política y cuestionaban a la conducción del Ejército.
El detonante fue la negativa del mayor Ernesto Barreiro a presentarse ante la Justicia en Córdoba, lo que derivó en el acuartelamiento de tropas en Campo de Mayo. Aunque no toda la fuerza participó activamente, el respaldo implícito fue evidente, como lo demostró la fallida movilización de tropas desde Rosario para sofocar la rebelión.
La crisis dejó al descubierto la fragilidad del mando militar y profundizó la incertidumbre institucional.
La reacción ciudadana y el respaldo político
Frente a la gravedad de la situación, la respuesta social fue contundente. Miles de ciudadanos se movilizaron espontáneamente en todo el país en defensa de la democracia recuperada en 1983. La mayor concentración tuvo lugar en la Plaza de Mayo, donde una multitud expresó su rechazo a la sublevación.
El sistema político, en un gesto poco habitual, actuó de manera unificada en respaldo del orden constitucional. A diferencia de los golpes de Estado del siglo XX, esta vez la sociedad civil se convirtió en protagonista activa en defensa de las instituciones.
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El desenlace: “La casa está en orden”
En un gesto decisivo, Alfonsín se trasladó personalmente a Campo de Mayo para negociar con los sublevados. Tras intensas horas de incertidumbre, logró desactivar el conflicto sin enfrentamientos armados.
De regreso en la Casa Rosada, pronunció ante la multitud una frase que quedaría grabada en la memoria colectiva: “Felices Pascuas. La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”.
Así concluyeron las tensas jornadas que mantuvieron en vilo al país durante más de cien horas. Sin embargo, como señala Dómina, el episodio dejó una sensación persistente de inestabilidad.
Meses después, el Congreso sancionó la Ley de Obediencia Debida, intentando cerrar el conflicto, aunque sin lograr desactivar completamente la tensión con los sectores militares, que protagonizarían nuevos levantamientos en los años siguientes.
A casi cuatro décadas de aquellos hechos, el recuerdo de aquella Semana Santa de 1987 permanece como un símbolo de la fragilidad, pero también de la fortaleza, de la democracia argentina.

