Política Latinoamericana
Venezuela tras la salida de Maduro: una transición larga, pactada y bajo fuerte presión externa
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La salida de Nicolás Maduro del poder no marca, según los analistas, el inicio inmediato de una democracia plena en Venezuela, sino el comienzo de un proceso de transición prolongado, negociado y supervisado desde el exterior. Así lo sostiene Fabián Calle, profesor de la Universidad Austral, quien describe un escenario de reconfiguración política interna con fuerte tutela de Estados Unidos y un impacto regional que reordena a la izquierda latinoamericana.
“Estamos frente al principio de una transición que no va a ser necesariamente breve: puede durar un año, un año y medio o incluso dos”, advierte Calle. Para el analista, la estrategia estadounidense apuntó a “cortar la cabeza simbólica del régimen”, al considerar que Maduro era un delegado del poder cubano más que un líder autónomo.
En ese sentido, Calle recuerda que, tras la muerte de Hugo Chávez, se libró una disputa interna entre el sector militar del chavismo original, representado por Diosdado Cabello, y el ala más cercana a Cuba, que finalmente se impuso con Maduro, hombre de confianza del régimen cubano.
El peso de La Habana en la estructura de poder venezolana, explica Calle, se consolidó tras el fallido golpe de 2002. A partir de entonces, la seguridad interna quedó fuertemente influida por el G2 cubano, al punto de que los ascensos militares pasaron a depender de ese filtro. “Lo que cae no es un dictador clásico como Augusto Pinochet, Saddam Hussein, Vladimir Putin o Kim Il Sung; lo que cae es un delegado”, resume.
Según el especialista, la administración de Donald Trump abrió un proceso de negociación con “premios y castigos” dirigidos principalmente a las Fuerzas Armadas venezolanas, buscando otorgarles mayor autonomía frente al aparato cubano. La selectividad en las sanciones y listas de objetivos, sostiene, dejó puertas abiertas para eventuales interlocutores internos.
El mensaje desde Washington fue explícito: liberación de presos políticos, fin de la persecución a la oposición, regreso de empresas estadounidenses y reducción de la influencia de actores extrahemisféricos como Irán, China y Rusia. En paralelo, Venezuela dejó de ser un refugio para organizaciones como las FARC, señala Calle.
En el plano militar, el analista describe una cúpula castrense prudente, consciente de su inferioridad tecnológica y de la profunda infiltración de los servicios de inteligencia estadounidenses y aliados. “No quieren terminar presos en Estados Unidos ni ver confiscadas sus fortunas”, afirma, al tiempo que define a las Fuerzas Armadas como un actor más cercano a una lógica empresarial y criminal que a la de un ejército tradicional.
Respecto del desenlace político, Calle es categórico: “El régimen como dictadura todopoderosa terminó, pero no así la democracia plena, los derechos humanos ni la libertad de prensa”. Las penurias económicas y la falta de libertades, anticipa, persistirán durante un tiempo.
A nivel regional, la reacción fue limitada. “La izquierda latinoamericana ya venía tomando distancia del tema venezolano”, explica Calle. Menciona las críticas de Gabriel Boric y Lula da Silva, aunque subraya que Cuba sigue siendo un tabú. La magnitud de la crisis venezolana —migración masiva, represión y deterioro institucional— terminó por silenciar incluso a muchos de sus antiguos defensores.
La mirada estadounidense, finalmente, también se proyecta sobre Colombia y México. Calle considera que Gustavo Petro enfrenta un final de ciclo con vínculos cada vez más estrechos entre Washington y los sectores de seguridad colombianos. En México, en cambio, cualquier presión abierta podría fortalecer el nacionalismo y victimizar a Morena, a Claudia Sheinbaum y a Andrés Manuel López Obrador.
“Aun así —concluye—, los márgenes de maniobra se achican y, si no hay cambios, Estados Unidos probablemente avance por vías más encubiertas. La situación, en toda la región, es desesperante”.

