Pantallas en la primera infancia: por qué muchas familias las usan como una herramienta para poder criar
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Una investigación de la Universidad Austral analizó cómo madres, padres, abuelos y cuidadores utilizan celulares, tablets y televisores en hogares con niños de hasta cinco años. El estudio muestra que, más que una elección, las pantallas muchas veces aparecen como una respuesta frente a la falta de tiempo, redes de apoyo y alternativas para organizar el cuidado.
Las pantallas forman parte de la vida cotidiana de las familias y, en muchos hogares, también se convirtieron en una herramienta para hacer posible la rutina de crianza. Un celular con dibujos animados puede permitir cocinar, trabajar, atender a otro hijo o simplemente disponer de unos minutos de descanso.
Esa es una de las principales conclusiones de una investigación realizada por el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, que buscó conocer cómo se vive actualmente la crianza y qué lugar ocupan los dispositivos digitales en ese proceso.
El trabajo utilizó una metodología cualitativa y reunió a 78 participantes —70 mujeres y 8 varones—, entre madres, padres, abuelos, cuidadoras remuneradas y otros familiares de niños de entre 0 y 5 años. Se realizaron 10 grupos focales en cinco comunas de la Ciudad de Buenos Aires entre octubre y diciembre de 2025.
Los investigadores aclaran que, por tratarse de un estudio cualitativo, sus resultados no permiten extrapolar porcentajes al conjunto de las familias, pero sí identificar experiencias, tensiones y patrones que aparecen en distintos contextos.
Cuando la pantalla aparece como una solución
Las familias que participaron de la investigación manifestaron conocer las recomendaciones sobre la necesidad de limitar la exposición de los niños a dispositivos. Sin embargo, en la práctica, la realidad cotidiana muchas veces obliga a tomar decisiones diferentes.
Una de las madres entrevistadas resumió esa contradicción:
“Le pongo un dibujito en el celu y me siento horrible, porque para mí es horrible ver al bebé con el celu en el carrito, pero es como, bueno, ¿cómo hago?”
La frase sintetiza uno de los principales dilemas que aparecen en el estudio: la distancia entre el modelo ideal de crianza y las posibilidades concretas de cada familia.
Las pantallas pueden desplazar momentos de juego, conversación e interacción cara a cara, pero al mismo tiempo permiten resolver situaciones cotidianas cuando no hay otra persona disponible para cuidar a los chicos.
Trabajar, cocinar, limpiar, atender a otro hijo o descansar son algunas de las situaciones mencionadas por los participantes.
Por eso, el informe plantea que el uso de dispositivos no debería analizarse únicamente como una decisión individual de madres y padres, sino también en relación con las condiciones en las que se organiza el cuidado.
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Las redes de apoyo hacen la diferencia
Uno de los aspectos que destaca la investigación es la relación entre el uso de pantallas y la cantidad de personas que pueden colaborar con la crianza.
Cuando una familia dispone de abuelos, otros familiares, instituciones o personas contratadas para cuidar a los niños, existen más posibilidades de distribuir las tareas y ofrecer alternativas a los dispositivos.
La situación cambia cuando esas redes son escasas.
De acuerdo con el estudio, casi la mitad de las madres participantes del estrato socioeconómico bajo manifestó no contar con ninguna otra persona que la ayudara con el cuidado, mientras que una proporción similar tenía solamente una persona de apoyo.
En los hogares de nivel socioeconómico medio pleno, en cambio, aparecieron redes más amplias, integradas por el otro progenitor, abuelos, empleadas domésticas y cuidadoras remuneradas.
La diferencia no está solamente en cuánto tiempo pasan los chicos frente a una pantalla. También está en qué posibilidades tiene cada familia de elegir qué hacer cuando decide apagarla.
Una de las participantes lo expresó de esta manera:
“Me cuesta poner ese límite, porque si estoy en casa yo también tengo que hacer otras cosas en paralelo”.
Cuando la pantalla permite trabajar, cocinar o descansar
En los hogares con menos recursos, la investigación encontró que las dificultades económicas, la precariedad laboral, los horarios irregulares y la falta de servicios accesibles pueden aumentar la sobrecarga de quienes cuidan a los niños.
En ese contexto, un dispositivo puede convertirse en una herramienta práctica para mantener a un niño entretenido mientras el adulto realiza otras tareas.
Una abuela participante contó:
“Él va al cuarto con la tele, está tranquilo, no molesta. También en mi casa sabe bien dónde tengo el celular y lo busca directamente porque sabe que lo dejo que juegue”.
La investigación plantea así una cuestión central: si se pretende reducir el uso de pantallas durante la primera infancia, también es necesario ampliar las alternativas disponibles para las familias.
La carga del cuidado sigue recayendo principalmente en las mujeres
Otro de los aspectos relevados es la distribución desigual de las tareas de cuidado.
Según los testimonios analizados, las madres continúan asumiendo buena parte de las tareas concretas, pero también de la llamada carga mental: organizar rutinas, establecer límites y tomar decisiones vinculadas con la crianza.
Las pantallas agregan una nueva dimensión a esa responsabilidad.
En distintos relatos, las madres aparecen como quienes deben establecer límites al uso de dispositivos, mientras otros adultos pueden utilizarlos para entretener a los chicos. De esta manera, la regulación se suma a las responsabilidades físicas y emocionales que ya implica la crianza.
El impacto tampoco es igual en todos los hogares.
Mientras en los sectores más vulnerables aparecen con mayor fuerza la falta de ingresos, las redes de apoyo y los servicios, en los sectores medios adquieren relevancia la tensión entre trabajo y familia, los modelos de crianza y la culpa cuando no se consigue cumplir con esos ideales.
El debate no pasa solamente por contar minutos
Para Dolores Dimier de Vicente, decana del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, las familias también manifestaron la necesidad de contar con mayor orientación sobre el uso de dispositivos.
La especialista señaló que los participantes plantearon la importancia de recibir información sobre los efectos de las pantallas, las pautas recomendadas y, especialmente, cómo llevar esas recomendaciones a la vida cotidiana.
También destacó la necesidad de fortalecer las redes familiares y comunitarias y generar consensos entre grupos de pares.
En la misma línea, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat de la Ciudad de Buenos Aires, Gabriel Mraida, sostuvo que el desafío consiste en generar respuestas basadas en evidencia y comprender las necesidades particulares de cada familia.
¿Qué propone la investigación?
El estudio pone el foco en una cuestión que excede al celular, la tablet o el televisor: las condiciones en las que se desarrolla la crianza.
Desde esa perspectiva, reducir el tiempo de pantalla no depende solamente de decirle a una familia cuánto tiempo debería estar un niño frente a un dispositivo.
También requiere que existan tiempo disponible, redes de apoyo, servicios de cuidado y alternativas accesibles para que esa decisión sea posible.
En definitiva, la investigación plantea que las pantallas muchas veces funcionan como una respuesta frente a una necesidad concreta. Por eso, el desafío no sería únicamente limitar su utilización, sino acompañar a las familias para que puedan contar con otras herramientas para organizar el cuidado de los más chicos.

