La política del sentido común: por qué hay que terminar con las PASO
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La idea de que la democracia consiste simplemente en abrir las urnas una y otra vez ha mostrado sus límites frente a las demandas reales de la sociedad. Cuando las reglas y los mecanismos electorales se convierten en un fin en sí mismos, desconectados de lo que le pasa a la gente, la política corre el riesgo de transformarse en una discusión vacía. En Entre Ríos, el debate sobre la eliminación de las PASO no es una simple disputa técnica entre dirigentes; es una oportunidad para devolver el sentido común y el realismo a la agenda pública.
La premisa fundamental de cualquier gestión estatal debería ser clara: gobernar es, antes que nada, administrar prioridades pensando en el bien común. En el escenario actual, obligar a los ciudadanos a ir de forma reiterada al cuarto oscuro para resolver internas que solo les importan a las estructuras de los partidos no es valorar el sistema democrático, sino desgastarlo. Ya en sus textos clásicos sobre la política, Max Weber advertía sobre el peligro de que las minorías dirigentes se divorcien por completo del sentir real de las mayorías. Llevar a la sociedad a votar para solucionar las diferencias de los partidos distorsiona el contrato social y genera un malestar innecesario en un humor social que hoy exige soluciones, no más elecciones.
El ciudadano de a pie tiene hoy prioridades totalmente distintas a la rosca electoral. La economía, el desarrollo productivo, la educación y el empleo diario configuran el verdadero núcleo del bienestar general. La selección interna de candidatos ha dejado de ser un tema que sume al bien común o que despierte el interés del sentido común. El politólogo Giovanni Sartori recordaba que los partidos políticos deben funcionar como canales para transmitir lo que la sociedad necesita, y no como estructuras cerradas que le complican la vida al electorado. La idea central de las reformas actuales debe apuntar justamente a lo contrario: simplificar la vida de la gente, no complicarla.
Aristóteles definía la prudencia como la virtud política por excelencia: la capacidad de los gobernantes para entender el pulso de su época y discernir qué es lo conveniente para la comunidad en un momento determinado. Forzar la permanencia de un sistema costoso y fatigante, cuando la sociedad expresa un claro agotamiento, representa una preocupante falta de esa virtud. Los dirigentes políticos tienen que tener la capacidad de entender lo que expresa la gente en el día a día.
Por eso, eliminar este sistema de selección de candidatos sería un acierto indiscutible. Devuelve la responsabilidad a su lugar natural: que cada organización partidista seleccione de la forma que mejor le parezca a sus propios postulantes, gestionando sus dinámicas internas puertas adentro, sin trasladar el costo operativo ni el hartazgo psicológico a toda la población.
Simplificar las reglas de juego es un acto de respeto hacia el elector. En un contexto que exige sintonía fina con las urgencias de la calle, suspender una instancia obligatoria que solo responde a las necesidades de la política es un paso firme hacia un sistema más maduro, ágil y sensible a las prioridades reales de los entrerrianos.

