Día de la mujer
La historia de Mirta, una madre que transformó el amor en fortaleza
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En una casa sencilla del barrio Buen Pastor de Villaguay transcurre una historia que resume décadas de esfuerzo silencioso, entrega y amor incondicional. Allí vive Mirta Beatriz Giménez, madre de cuatro hijos, cuya vida ha estado marcada por el cuidado permanente de Jonathan, el menor de la familia, quien hoy tiene 35 años y convive con una discapacidad severa desde su nacimiento.
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, su historia refleja la realidad de muchas madres que, lejos de los reflectores, sostienen día a día el cuidado de hijos con necesidades especiales, enfrentando dificultades con una fortaleza silenciosa.
La historia comenzó incluso antes del nacimiento de Jonathan. Durante el embarazo, los médicos ya habían advertido que algo no marchaba bien. “A los seis meses me dijeron que venía con problemas, porque no tenía la misma actividad que una criatura normal”, recuerda Mirta. Aun así, como suele ocurrir en esos momentos, la esperanza seguía intacta.
Sin embargo, al momento del nacimiento la situación quedó clara. Jonathan llegó al mundo con mielomeningocele hidroencefálico, una condición grave que afecta la columna y provoca múltiples complicaciones médicas. Apenas nació, debió enfrentar su primera intervención quirúrgica.
“A la hora de nacer y al otro día lo operaron de la columna”, contó su madre. Desde entonces comenzó un largo camino que marcaría para siempre la vida de toda la familia.
Una infancia entre hospitales
Criar a Jonathan no fue sencillo. Durante muchos años la vida de Mirta transcurrió entre viajes, consultas médicas e internaciones. “Fue bastante difícil. Nuestra vida fue entre hospitales”, relató.
Durante largos períodos debieron trasladarse a distintos centros de salud, entre ellos el hospital San Roque y el hospital San Martín de Paraná, además de otras instituciones donde el joven fue atendido a lo largo del tiempo.
“Durante unos quince años fue más vivir internado que en casa”, resumió.
En ese contexto también estaban los otros hijos de la familia. Jonathan es el menor de cuatro hermanos —dos mujeres y dos varones— y, mientras su madre se ocupaba de su atención médica, la vida cotidiana del resto de la familia continuaba como podía.
A pesar de las dificultades, Mirta siempre intentó que su hijo tuviera una vida lo más cercana posible a la de otros chicos. Durante años asistió a la escuela con distintas adaptaciones.
“Él siempre fue a la escuela. No llegó a aprender a leer, pero siempre estuvo”, cuenta.
Jonathan pasó por distintos espacios educativos de la ciudad, entre ellos la escuela Gallo y la escuela de educación especial Obando. Más tarde también participó en actividades en la granja y en otras propuestas destinadas a personas con discapacidad.
Aprender a caminar… y volver a empezar
Durante su infancia y adolescencia, Jonathan logró desplazarse con ayuda de aparatos ortopédicos. “Empezó a caminar con aparatos y bastones a partir de los cinco años”, recordó su madre.
Durante muchos años pudo movilizarse de esa manera, aunque los médicos ya habían advertido que esa posibilidad tendría un límite.
“A mí me habían dicho que hasta los 30 años iba a poder andar”, explicó Mirta.
Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer nuevas complicaciones y, luego de una cirugía de vejiga, su situación motriz se agravó. Desde entonces utiliza silla de ruedas.
“Después de esa operación ya no pudo caminar más”, contó.
Trece operaciones y una lucha permanente
A lo largo de su vida, Jonathan ha atravesado numerosas intervenciones quirúrgicas. Con las operaciones previstas para los próximos meses, el total llegará a trece.
Todas ellas se realizaron en hospitales públicos y forman parte de una lucha permanente por mejorar su calidad de vida.
“Siempre el hospital público me ayudó en todo”, destaca Mirta con gratitud.
En ese recorrido también aparecieron personas e instituciones que brindaron apoyo en momentos clave. Una de ellas es la asociación civil Mil Amores, con la que la familia mantiene un vínculo muy cercano desde hace algunos años.
La contención de Mil Amores
Mirta recuerda con emoción el acompañamiento recibido por parte de esta institución y de quienes la integran.
“Mil Amores es palabra mayor para nosotros”, afirma.
Según relató, el contacto llegó a través de Verónica, una de las referentes del espacio, quien conocía a Jonathan desde pequeño. Desde entonces la familia encontró allí contención, ayuda práctica y compañía.
“Nos ayudaron en todo, y el amor que Jonathan ha recibido ahí es enorme, además de la contención que me han brindado a mí”, dijo.
Ese acompañamiento fue especialmente importante en momentos críticos de salud. En una oportunidad, cuando Jonathan debió atravesar una operación compleja y posteriores tratamientos, la familia incluso pudo alojarse en una vivienda vinculada a la institución para facilitar los traslados al hospital.
“No teníamos las comodidades para cuidarlo como necesitaba después de la operación. Ellos nos dieron un espacio para estar”, recordó.
Además, Mirta destaca el apoyo humano de otras familias que atraviesan situaciones similares.
“Tengo mucha contención de los padres, de todos”, expresó.
Una vida dedicada al cuidado
Antes del nacimiento de Jonathan, Mirta trabajaba con normalidad. Pero a partir de entonces su vida cambió por completo.
“Después ya no pude trabajar como antes”, explicó.
Durante años hizo lo que pudo para sostener el hogar, combinando tareas domésticas con trabajos ocasionales cuando la situación lo permitía. Sin embargo, el cuidado permanente de su hijo fue ocupando cada vez más espacio.
Hoy, con Jonathan en silla de ruedas y con necesidades médicas constantes, su dedicación es prácticamente total.
“Siempre estoy para él”, resumió.
La familia vive actualmente con la pensión por discapacidad que recibe Jonathan y con algunas ayudas sociales. Mirta, en cambio, no cuenta con jubilación ni pensión propia.
Aun así, nunca se planteó abandonar el rol que asumió desde el primer día.
“Nunca lo he dejado. A donde voy, él va conmigo”, afirmó.
El mensaje de una madre
En el Día Internacional de la Mujer, la historia de Mirta refleja la realidad de muchas madres que sostienen, día tras día, el cuidado de hijos con discapacidad, con una dedicación que muchas veces permanece invisible.
Cuando se le pregunta qué mensaje le gustaría dejar a otras madres que atraviesan situaciones similares, su respuesta es simple y directa.
“Yo le diría a quien tenga un hijo así que siempre esté con él, que no lo deje”.
Y luego agrega una frase que resume el sentido de toda su vida:
“Porque sin nosotros, ellos no son nada”.

