Ida Waigandt, 33 años de bombera: una vida marcada por ayudar
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La mujer que fue durante años la única bombera de su cuartel contó su historia, los rescates que la marcaron y el sentido que encontró en ayudar a los demás.
Treinta y tres años como bombera, una familia, experiencias difíciles y una vocación que comenzó casi de casualidad. La historia de Ida Beatriz Waigandt reúne buena parte de esos elementos.
En una entrevista con Mariana Rupp, en el programa La Hora Dorada, que se emite por el streaming de Flop!TV a través de la web de Paralelo 32, Ida repasó su trayectoria y habló de las situaciones que atravesó como integrante del cuerpo de bomberos.
Actualmente se encuentra en reserva, pero continúa activa. Su incorporación al cuartel comenzó cuando acompañaba a su hijo mayor, que había ingresado como cadete después de que la familia dejara el campo para instalarse en la ciudad. “Nosotros lo acompañábamos, veíamos las cosas que hacían, y bueno, me empezó a gustar”, recordó.
Cuando se abrió una convocatoria para estudiar y convertirse en bombero, se lo propuso a su esposo. Ella tenía 32 años y él más de 40. “Le dije a mi marido: están pidiendo gente para estudiar de bombero, ¿qué te parece si vamos?”, relató. Y fueron. Desde entonces, los dos compartieron una historia de servicio que se extendió durante más de tres décadas.
De la vida en el campo al cuartel de bomberos
Para Ida, la vida rural también fue una escuela que le aportó herramientas para enfrentar situaciones difíciles. Contó que en el campo había aprendido a realizar tareas que exigían esfuerzo físico y decisión, incluso en circunstancias en las que no había otra persona disponible para ayudar. “Te forma, no digo a ser cruel, pero a tener coraje”, explicó.
Esa fortaleza le resultó especialmente importante cuando comenzó su formación como bombera. No se trataba solamente de aprender a apagar incendios: también había que prepararse para enfrentar situaciones traumáticas.
Durante su formación como instructora estudió pedagogía, comunicación social y psicología de la emergencia, conocimientos que considera fundamentales para quienes trabajan en emergencias.
“Tenemos sentimientos, sentimos lo que le pasa al otro, sufrimos también a la par del dueño de casa o del familiar que está accidentado, pero tenemos que trabajar con la mente fría, porque si no somos parte del problema”, explicó.
Aprender a controlar las emociones
Ida se definió como una persona muy sentimental y contó que uno de los aprendizajes más importantes de su trayectoria fue aprender a contener sus emociones durante las intervenciones. “Soy muy sentimental, lloro por cualquier cosito”, reconoció.
Pero frente a una emergencia entendió que no podía quebrarse junto a las personas afectadas. Tenía que mantener la concentración y actuar.
Incluso comparó esa capacidad con la actuación. Durante años también hizo teatro y recordó que, en una emergencia, debía aprender a “actuar”: acompañar al otro sin dejar que sus propias emociones le impidieran trabajar.
Durante 15 años fue la única mujer del cuartel
Cuando ingresó al cuerpo de bomberos, el lugar de las mujeres en este tipo de organizaciones era muy diferente al actual. Ida recordó que durante aproximadamente 15 años fue la única mujer del cuartel. Compartía las salidas con entre 20 y 25 hombres. “Yo iba solita a los incendios con ellos, y a mí me cuidaban como una hermana”, contó.
También recordó que en aquella época debió soportar comentarios de quienes consideraban que una mujer no debía desempeñar esa tarea. “Muchos me decían que estaba loca, que cómo iba a ser eso, que corría riesgo”, relató.
Sin embargo, nunca permitió que esas opiniones determinaran su decisión. “Yo sabía que iba por un fin: hacerle bien a las personas, ayudar a alguien”, sostuvo.
De una mujer entre hombres a un cuartel con más mujeres
El panorama cambió con el paso de los años. Actualmente, según contó, son alrededor de 11 mujeres dentro del cuartel. También cambió la forma de trabajar. Ida recordó que antes muchas tareas eran manuales y que los equipos actuales permiten realizar intervenciones con otra tecnología.
Entre los nuevos recursos que observó está una autobomba equipada con escalera. Y, pese a encontrarse en reserva, confesó que todavía siente ganas de volver a subir. “Yo amo las alturas”, contó, recordando que junto a su marido realizó cursos de rescate en altura y manejo de nudos.
La emergencia que más la marcó
Entre las numerosas intervenciones que protagonizó, hubo una situación que quedó especialmente grabada en su memoria. Ocurrió durante un trabajo de desagote de un pozo. Uno de sus compañeros había descendido y quedó afectado por el monóxido de carbono producido por un motor. En un momento perdió el conocimiento.
Ida recordó que su marido logró sacarlo y que ella tomó un tubo de oxígeno que tenían disponible para asistirlo mientras lo trasladaban. “Yo lo tenía en brazos, muerto prácticamente”, relató sobre aquel momento.
Durante el traslado en la autobomba continuó asistiendo al compañero hasta llegar a la clínica. Finalmente, logró sobrevivir. La experiencia la marcó profundamente, no solamente por la gravedad de la situación, sino también por el vínculo que tenía con aquel bombero, a quien consideraba casi como un hijo.
Inundaciones, incendios y emergencias fuera de Crespo
La trayectoria de Ida también la llevó a intervenir en situaciones fuera de la ciudad. Recordó particularmente su participación durante las inundaciones en Santa Fe, donde se encontró con una realidad que, según contó, era todavía más impactante que las imágenes que mostraban los medios.
También participó de tareas en Cartocor, en Paraná, donde durante una semana se alternó con su marido para cubrir las guardias y continuar con el trabajo. “Cuando él venía, yo iba”, recordó sobre aquellos días.
Una familia acostumbrada a que el deber no tiene horario
Ser bombera también significó modificar la dinámica familiar. Ida tenía tres hijos cuando comenzó su actividad. El menor tenía apenas diez años. Como la familia provenía del campo, los chicos estaban acostumbrados a desenvolverse con cierta autonomía.
Las salidas de emergencia no tenían horario. Podían ocurrir en cualquier momento y nadie sabía cuándo iba a regresar. Una de las anécdotas que recuerda con especial cariño ocurrió mientras preparaba pan casero. Había dejado la masa lista cuando llegó una convocatoria. “El deber llama y tuvimos que ir”, recordó.
Cuando sus hijos regresaron de la escuela, encontraron la masa esperando. Entonces ellos mismos formaron los panes, encendieron el horno a barro y terminaron el trabajo. Cuando sus padres volvieron, tenían pan recién hecho.
El sentido de ayudar a los demás
Más allá de los incendios y rescates, Ida considera que su vocación tiene una raíz que se remonta a su infancia. Contó que desde chica decía que quería “ayudar a la gente”. Con los años, esa idea se convirtió en una forma de vida.
Además de su trayectoria como bombera, se formó como masajista y comenzó a trabajar con adultos mayores. Actualmente también es presidenta de un centro de jubilados y continúa estudiando nuevas técnicas para ayudar a otras personas. “Me siento orgullosa de mí misma, orgullosa de poder lograr”, expresó.
Para ella, sentirse útil es una parte fundamental de su vida.“Yo digo, yo volví a vivir con una función, o sea, tengo algo para cumplir acá”, señaló.
Una historia familiar atravesada por momentos difíciles
Durante la entrevista también recordó momentos muy complejos de su vida familiar. Cuando tenía 26 años, su marido sufrió un tumor en el páncreas. Ella tenía tres hijos pequeños y, mientras él estaba enfermo, debió hacerse cargo prácticamente sola de la familia y del trabajo en el campo. Con el tiempo, su esposo logró recuperarse y hoy tiene 81 años.
Ida atribuye aquella recuperación a un milagro y reafirmó la importancia que tiene la fe en su vida. “La oración todo lo puede, el amor todo lo puede”, sostuvo.
También contó que atravesó otros problemas de salud y que esas experiencias reforzaron su decisión de continuar haciendo aquello que siente como su propósito.
“Yo me amo, me quiero”
A lo largo de la conversación apareció también una reflexión sobre el amor propio. Ida reconoce que suele priorizar a los demás, pero asegura que aprendió a cuidarse y valorarse. “Yo me amo, me quiero tanto. Yo me miro al espejo y me digo: te quiero, porque me quiero yo y quiero estar bien para los demás”, contó.
Su historia incluye 47 años de matrimonio, 33 años vinculada a los bomberos, trabajo con adultos mayores, formación permanente y nuevos proyectos. También atravesó un cáncer de mama y problemas cardíacos, experiencias que, lejos de detenerla, reforzaron su convicción de continuar activa.
“Me hice más fuerte”
Sobre el final de la entrevista, Mariana Rupp le hizo la denominada “pregunta dorada”: qué parte de ella considera que nació o se hizo más fuerte gracias a su vocación de ayudar a los demás.
La respuesta de Ida fue directa: “Me hice más fuerte”.
Y amplió esa idea hablando de su deseo permanente de ayudar, de no quedarse quieta y de acompañar a sus compañeros cuando lo necesitan. Después de 33 años, la vocación que comenzó acompañando a su hijo al cuartel terminó convirtiéndose en una parte central de su identidad.
Una historia que combina servicio, fortaleza, familia y solidaridad, pero que, sobre todo, muestra cómo una decisión tomada hace más de tres décadas puede terminar transformándose en un propósito de vida.

