“El imperio de la IA”: el lado oculto del poder de Silicon Valley
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La periodista Karen Hao analiza el crecimiento de OpenAI y advierte sobre el impacto social, laboral y ambiental del modelo de desarrollo de la inteligencia artificial.
La expansión de la inteligencia artificial promete transformar la economía, el trabajo y la vida cotidiana. Pero detrás de herramientas como ChatGPT también existe una creciente demanda de datos, energía, agua y mano de obra, además de una concentración de poder en las grandes compañías tecnológicas.
Ese es el eje de El imperio de la IA: Sam Altman y su carrera por dominar al mundo, el nuevo libro de la periodista especializada en tecnología Karen Hao, quien investigó durante años el desarrollo de la industria y, particularmente, el crecimiento de OpenAI, la empresa creadora de ChatGPT.
En una entrevista con Democracy Now!, Hao sostuvo que existe una forma específica de desarrollar la inteligencia artificial que está generando consecuencias negativas en distintos ámbitos.
“Se trata de una forma particular de desarrollo de la inteligencia artificial que está causando mucho daño a nivel social, laboral y ambiental”, afirmó.
Karen Hao y la idea de un “imperio de la IA”
Hao fue periodista de The Wall Street Journal y de MIT Technology Review. Actualmente dirige la iniciativa AI Spotlight Series del Centro Pulitzer, orientada a capacitar a periodistas para cubrir las transformaciones vinculadas con la inteligencia artificial.
El concepto de “imperio” que utiliza en su libro busca establecer un paralelismo entre el funcionamiento actual de las grandes empresas de IA y las formas históricas de expansión de los poderes coloniales.
La periodista sostiene que las compañías tecnológicas necesitan apropiarse y extraer enormes cantidades de recursos para alimentar sus sistemas: desde contenidos y datos disponibles en internet hasta tierra, energía y agua para construir y operar centros de datos y supercomputadoras.
Según su investigación, el modelo impulsado por Silicon Valley se basa en una expansión a gran escala, con una inversión creciente en capacidad informática y en la cantidad de datos utilizados para entrenar los modelos.
La enorme demanda de energía y agua
Uno de los principales cuestionamientos planteados por Hao está relacionado con la infraestructura necesaria para desarrollar los actuales sistemas de IA.
Los modelos necesitan grandes cantidades de datos y computadoras cada vez más potentes para procesarlos. La periodista describe supercomputadoras que pueden utilizar decenas de miles o incluso cientos de miles de chips, instaladas en centros de datos de dimensiones enormes.
Pero el problema no termina en la electricidad.
Hao también pone el foco en el consumo de agua dulce que requieren estas instalaciones para sus sistemas de refrigeración.
Según explicó, los centros de datos utilizan agua dulce porque otros tipos de agua pueden generar problemas de corrosión y favorecer el crecimiento de bacterias. En muchos casos, esa provisión procede directamente de redes públicas construidas para abastecer a hogares y empresas.
La periodista citó además un estudio de Bloomberg según el cual dos tercios de los centros de datos que se están construyendo en el mundo se encuentran en zonas con escasez de agua.
Para Hao, por lo tanto, no solo importa cuánto recurso consume la industria, sino también dónde se instala esa infraestructura y quién termina soportando sus consecuencias.
Chile: una comunidad que resistió un proyecto de Google
Uno de los casos investigados por Hao ocurrió en Chile.
En una comunidad de la Región Metropolitana de Santiago existe una fuente pública de agua dulce que, además de abastecer a los habitantes, puede utilizarse para el resto del país en situaciones de emergencia.
En ese lugar, Google proyectó la construcción de un centro de datos que, según la documentación analizada por la periodista, podía llegar a utilizar mil veces más agua dulce que la que consumía anualmente la comunidad.
Los vecinos comenzaron a organizarse y a cuestionar el proyecto. Recorrieron el barrio, hablaron con otros residentes y distribuyeron información sobre el impacto que podía tener el emprendimiento.
La resistencia llegó hasta las autoridades y derivó en la creación de mesas de diálogo entre habitantes, representantes de la empresa y funcionarios del Gobierno chileno.
Hao destacó que los activistas lograron mantener frenado el proyecto durante cuatro o cinco años y conseguir un lugar en las conversaciones sobre el futuro de los centros de datos.
Para la periodista, sin embargo, la disputa todavía no terminó.
El trabajo invisible detrás de la inteligencia artificial
Otro de los capítulos de la investigación está relacionado con los trabajadores que realizan tareas necesarias para que los sistemas de IA funcionen.
Hao explica que los enormes volúmenes de información obtenidos de internet no pueden incorporarse directamente a los modelos. Los datos necesitan ser clasificados, limpiados y preparados.
Para eso existen empresas intermediarias conocidas como compañías de anotación de datos, que contratan trabajadores para realizar esas tareas.
Uno de los casos investigados por Hao se desarrolló en Kenia, donde trabajadores fueron contratados para analizar contenidos extremadamente violentos, racistas, sexuales o de odio.
El objetivo era construir sistemas capaces de identificar y bloquear ese tipo de contenidos en herramientas como ChatGPT.
Según la periodista, los trabajadores debían leer grandes cantidades de material perturbador y clasificarlo siguiendo categorías detalladas.
Hao cuestiona especialmente las condiciones laborales de quienes realizan estas tareas y sostiene que algunos trabajadores reciben apenas unos pocos dólares por hora, mientras que profesionales vinculados al desarrollo de IA en Silicon Valley pueden recibir compensaciones millonarias.
Además, advierte sobre el impacto psicológico que puede generar la exposición permanente a contenidos violentos.
De ChatGPT a la industria militar
La expansión de la inteligencia artificial también está modificando la relación entre Silicon Valley y la industria de defensa estadounidense.
Durante la entrevista, Hao señaló que empresas como OpenAI están buscando contratos militares en un contexto en el que los costos de desarrollo de sus modelos alcanzan cifras extraordinarias.
La periodista sostiene que las compañías necesitan encontrar nuevos mercados capaces de generar ingresos suficientes para recuperar las enormes inversiones realizadas.
Por eso observa con preocupación el acercamiento entre las grandes empresas tecnológicas y el sector de defensa.
Según Hao, estas tecnologías no fueron necesariamente diseñadas para operar en contextos militares delicados, por lo que considera alarmante la velocidad con la que las compañías buscan integrarlas a la infraestructura militar.
Sam Altman y la carrera por dominar la IA
El libro también reconstruye la trayectoria de Sam Altman, actual CEO de OpenAI, desde sus comienzos en el ecosistema de startups hasta convertirse en una de las figuras centrales de la industria mundial de inteligencia artificial.
Hao describe a Altman como un estratega particularmente hábil para presentar grandes visiones de futuro y conseguir el respaldo de inversores y trabajadores.
OpenAI nació originalmente como una organización sin fines de lucro, con la intención de desarrollar inteligencia artificial en contraposición a los intereses tradicionales de Silicon Valley.
Sin embargo, según la investigación de Hao, sus dirigentes llegaron rápidamente a la conclusión de que necesitaban cantidades enormes de capital para competir en el desarrollo de modelos cada vez más grandes.
La organización incorporó entonces una estructura con fines de lucro que permitió acelerar la búsqueda de financiamiento.
Para Hao, allí se produjo un cambio fundamental: la necesidad de conseguir capital pasó a impulsar el modelo de expansión de la empresa.
La competencia entre OpenAI, Google, Musk y nuevos rivales
El crecimiento de OpenAI también generó una fuerte competencia dentro del propio sector tecnológico.
Hao menciona a varios antiguos integrantes de OpenAI que terminaron creando compañías rivales.
Entre ellos se encuentra Elon Musk, uno de los cofundadores originales, que creó xAI; Ilya Sutskever, exjefe científico de OpenAI, que fundó Safe Superintelligence; y Mira Murati, exdirectora de tecnología, que creó Thinking Machines Lab.
Para la periodista, esta competencia acelera todavía más el desarrollo de una tecnología cuyo impacto económico y social, sostiene, todavía no justifica necesariamente la escala de las inversiones que está recibiendo.
La disputa por regular la inteligencia artificial
Otro de los temas abordados en la entrevista es el debate político en Estados Unidos sobre la regulación de la IA.
Hao cuestionó una disposición incluida en el proyecto de presupuesto impulsado durante la administración de Donald Trump que, según se planteó en la entrevista, buscaba impedir durante una década que los estados establecieran determinadas regulaciones sobre inteligencia artificial.
La medida también generó cuestionamientos dentro del propio Partido Republicano. La congresista Marjorie Taylor Greene, pese a haber votado a favor del proyecto, manifestó posteriormente que desconocía la inclusión de esa disposición y aseguró que se opondría si permanecía en el texto durante su tratamiento en el Senado.
Para Hao, una prohibición de este tipo significaría otorgar a las grandes compañías tecnológicas un margen de acción prácticamente sin controles.
“Esto va a consagrar como ley la impunidad de Silicon Valley”, afirmó durante la entrevista.
Una discusión que recién comienza
El planteo central de El imperio de la IA no apunta solamente a cuestionar la tecnología, sino a discutir qué modelo de desarrollo de la inteligencia artificial se está construyendo y quiénes se benefician de él.
La investigación de Karen Hao pone en el centro de la discusión cuestiones que muchas veces quedan fuera de la experiencia cotidiana de millones de usuarios: quién procesa los datos, quién realiza el trabajo invisible, cuánta energía y agua demanda la infraestructura y qué poder están acumulando las empresas que lideran esta transformación tecnológica.
La pregunta que deja abierta su trabajo es si el desarrollo de la IA continuará guiándose por una lógica de expansión permanente o si los gobiernos y las sociedades podrán establecer límites y condiciones sobre una tecnología que ya está modificando profundamente la economía y la vida cotidiana.

