Sociedad
El día que mejor comprendemos a papá
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Hay fechas que celebran grandes acontecimientos y otras que nos obligan a detenernos en las pequeñas cosas. El Día del Padre pertenece a estas últimas, es cuando un se tiene algo para decirles a los papás presentes y esperar que no se consideren incluidos los que no son, o no han sido, dignos de tan alta misión.
Con los años, uno descubre que la paternidad no está hecha de gestos extraordinarios sino de una larga suma de presencias que podemos advertir o no. Un consejo dado a tiempo, una mano en el hombro, una preocupación que nunca se comenta, una espera silenciosa hasta que los hijos regresan a casa. Cosas tan cotidianas que rara vez merecen una fotografía y, sin embargo, son las que terminan construyendo una vida.
También es una fecha para recordar que los padres no son personajes de bronce. Son hombres que muchas veces avanzaron improvisando, acertando algunas veces y equivocándose otras, llevando sobre sus espaldas responsabilidades para las que nadie entrega un manual de instrucciones. A menudo comprendemos sus desvelos cuando ya peinamos canas, cuando los años nos colocan frente a las mismas incertidumbres que ellos enfrentaron.
Quizás por eso el mejor homenaje no sea un regalo ni una comida familiar, sin desestimar este buen hábito. Tal vez consista en reconocer que gran parte de lo que somos lleva algo de aquellos hombres que nos precedieron. Sus virtudes, sus defectos, sus enseñanzas y hasta sus silencios siguen viajando con nosotros.
Porque los padres envejecen, parten o se vuelven recuerdo, pero hay algo que permanece: la huella discreta de haber estado allí cuando más los necesitábamos, aun cuando entonces no lo supiéramos.

