El Barco Amarillo: la familia argentina que vive en un velero hace ocho años y cruzó el Pacífico en 28 días sin escalas
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Constanza Coll y Juan Manuel Dordal navegan desde hace ocho años junto a sus hijos, que cumplieron 4 y 8 años durante la travesía. Cruzaron desde Panamá hasta la Polinesia Francesa y ahora regresan a Buenos Aires para reencontrarse con familiares y amigos y presentar su nuevo libro, Que sea eterno mientras dure. El velero los espera en Tahití para continuar el viaje hacia el oeste.
Mirando en retrospectiva, el camino hacia la Polinesia Francesa parecía estar lleno de señales. El primer velero que navegaron Constanza Coll y Juan Manuel Dordal en el Río de la Plata se llamaba Tangaroa, en referencia al dios polinesio del mar. Años después, con un barco más grande y dos hijos criados a bordo, las corrientes y los vientos acompañaron a esta familia argentina en una de las mayores aventuras de su vida: cruzar el Canal de Panamá y navegar durante 28 días sin escalas hasta Fatu Hiva, en las islas Marquesas.
Ulises tenía apenas dos años cuando sus padres soltaron amarras en Buenos Aires para poner rumbo al norte. No había objetivos definidos, plazos ni expectativas predeterminadas. Buscaban otra forma de vivir, más libre y en contacto con la naturaleza. Las preguntas sobre cómo se sostendrían económicamente o de qué manera educarían a su hijo encontraron respuestas a medida que avanzaban por la costa de Brasil.
A través de las redes sociales comenzaron a recibir huéspedes a bordo. Cuando llegó la pandemia de coronavirus, en 2020, Constanza —que había trabajado como cronista de viajes para diarios y revistas de Argentina y Latinoamérica— escribió su primer libro: El Barco Amarillo.
De la vida en el mar a las Casas Coral
La pausa impuesta por la pandemia en Ilha Grande, en Río de Janeiro, les abrió una nueva etapa. Allí nació Renata, la segunda hija de la pareja, y también surgió la posibilidad de construir unas casas de vidrio y madera, diseñadas con criterios de respeto por el ambiente que habían incorporado durante sus primeros cinco años de vida en el mar.
Las Casas Coral comenzaron a alquilarse y, desde entonces, se convirtieron en el principal sustento económico para continuar con el viaje.
La familia había crecido: ahora eran cuatro, además de una perrita que habían adoptado durante la travesía. También necesitaban una embarcación más grande. Su historia náutica avanzó a la par de sus necesidades: el primer velero tenía 20 pies; el segundo, 28; el tercero, 35. Finalmente, en Santa Lucía, una isla del Caribe, encontraron el Cambombia, un velero de 51 pies —unos 15 metros de eslora— diseñado por el arquitecto naval argentino Germán Frers.
28 días y 27 noches en el océano Pacífico
A bordo de esa embarcación, la familia se preparó para cruzar el Canal de Panamá y recorrer unas 4.500 millas náuticas —aproximadamente 8.300 kilómetros— hasta la Polinesia Francesa. La tripulación incluía también a una pareja de biólogos y a una médica cirujana especializada en emergencias pediátricas.
La travesía demandó 28 días y 27 noches de navegación sin escalas, en familia y a pura vela. Fue una experiencia que puso a prueba la convivencia, la organización y la capacidad de adaptación en medio de la inmensidad del océano.
Desde hace dos años viven en las islas de la Sociedad, donde sus hijos asisten a la escuela, descalzos y en francés. Desde allí reciben huéspedes para navegar entre Tahití, Moorea, Huahine, Raiatea y Bora Bora, en un entorno que combina la vida cotidiana con el descubrimiento permanente de nuevos paisajes.
La última visita de Constanza a Buenos Aires había sido cuatro años atrás. En esta oportunidad, la familia regresó durante octubre y noviembre para reencontrarse con sus seres queridos y realizar distintos trámites relacionados con documentos, visas y tarjetas. El velero, mientras tanto, permanece en Tahití, a la espera de que retomen la travesía hacia el oeste.
Un nuevo libro sobre el viaje y la transformación personal
Durante la travesía por el Pacífico y su estadía en la Polinesia, Constanza escribió su segundo libro, Que sea eterno mientras dure, que ya se encuentra disponible.
Si en El Barco Amarillo la mirada de la cronista de viajes construía, a través de distintos capítulos, un rompecabezas sobre la vida en el mar, en esta nueva obra la autora profundiza en una transformación más íntima. Revisa su identidad, el periodismo aprendido en la universidad y en el oficio, las formas narrativas tradicionales, el amor moderado, la familia tipo que nunca fue y la idea de los viajes de ida y vuelta.
El nuevo libro se presenta así como una exploración personal que trasciende la aventura náutica para indagar en las decisiones, los vínculos y las maneras de habitar el mundo.
Una casa en medio del mar
En ocho años de vida a bordo, esta familia argentina asegura no haberse encontrado con monstruos marinos. Tal vez porque, como sugiere la literatura clásica, algunos de los temores más grandes no se encuentran en el océano, sino dentro de cada persona.
“Ni a los lestrigones ni a los cíclopes ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti”, escribió Constantino Cavafis en su poema Ítaca, inspirado en la Odisea.
De esa obra también tomaron el nombre de su primer hijo. Y en el mar, entre travesías, encuentros y nuevos horizontes, Constanza Coll y Juan Manuel Dordal encontraron algo más que un destino: encontraron su casa.

