Sociedad
Cuando la desinformación se disfraza de primicia
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La ligereza para abordar temas sensibles también revela una preocupante falta de empatía • Cuando el ‘periodismo silvestre’ solo busca visualizaciones, es la comunidad la que termina pagando el costo de la desinformación.
Basta con observar el flujo de nuestras redes sociales para notar que la comunicación ha cambiado, y no necesariamente para bien. Lo que debería ser un espacio de encuentro se ha convertido, para muchos, en un escenario donde el nombre propio pesa más que la verdad y donde el respeto por el otro parece un obstáculo para conseguir visualizaciones.
Lo vemos a diario: publicaciones sobre temas de extrema sensibilidad —como los casos de suicidio que tanto nos afectan como sociedad— abordados con la misma ligereza que si se comentara un rumor de pasillo. No es información; es la espectacularización de la tragedia en función de un perfil personal que busca, ante todo, el estrépito, o ganar minutos siendo el primero que anuncia que alguien decidió quitarse la vida.
El fenómeno del ‘asunto por la mitad’
A esta tendencia se le suma un componente local muy arraigado: la especulación disfrazada de primicia. Es ese mix de verdades a medias y datos sin verificar que, en la jerga cotidiana, conocemos como "puterío". La dinámica es tan simple como peligrosa: se lanza una captura de pantalla, se arroja una frase sugerente que roza lo falso pero que "podría ser verdad", y se deja que la audiencia haga el resto.
En esta lógica, el posteador no informa; sentencia. Se arroga el derecho de ser el primero en decir algo, como si la velocidad le otorgara una inmunidad ética. Al soltar estos textos a mitad de camino entre el dato y el invento, se alienta a los seguidores a intervenir desde la angustia o la indignación, generando hilos de comentarios donde la impunidad es la única regla.
Un fenómeno global con pulso local
Este comportamiento no es una excepción aislada de nuestra ciudad, sino parte de una tendencia que en Argentina es alarmante. Nuestro país lidera el consumo de redes sociales en la región con un promedio de más de 4 horas diarias por persona, superando por mucho la media global de 2 horas y media. Estamos habitando plataformas diseñadas para generar engagement (clics, reacciones y compartidos), un terreno fértil para las fake news (noticias falsas) y la desinformación.
El algoritmo premia el impulso, y el “comunicador” de redes aprovecha esa inmediatez para inflar su relevancia digital a costa del pudor ajeno. No importa si la información es incompleta o gramaticalmente incomprensible; lo que importa es que sea lo suficientemente ruidosa para que el contador de visualizaciones no se detenga.
La validación del seguidor
Sin embargo, esta estructura requiere de una validación. Aunque las encuestas indican que la mayoría de los usuarios dice buscar información veraz, la verdad incómoda es que, en la práctica, somos propensos a interactuar con lo que nos indigna rápidamente.
7 de cada 10 argentinos usan Facebook como su principal fuente de “información”, aunque el 77% admite que busca datos veraces. Hay una contradicción peligrosa: buscamos la verdad, pero consumimos el morbo.
Cada vez que validamos con un comentario o compartimos una captura de pantalla sin contexto, nos convertimos en cómplices. El seguidor muchas veces no busca ser informado, sino que alguien confirme sus propios prejuicios. Se crea así un pacto implícito donde el que publica obtiene visibilidad y el que lee encuentra una vía de escape para sus frustraciones, degradando la conversación pública y la convivencia local.
El costo de la comunicación silvestre
La libertad de expresión no es una patente de corso para ignorar protocolos de salud pública o para vulnerar el duelo de las familias con el fin de obtener reacciones virtuales. La falta de formación se traduce aquí en una simplificación peligrosa de problemas complejos que requieren seriedad y, sobre todo, silencio respetuoso.
A diferencia de quien lanza una sentencia al viento digital y se desentiende de las secuelas, el periodismo que sostiene una trayectoria tiene el deber de chequear y reflexionar antes de publicar. No es una cuestión de jerarquías, sino de compromiso civil. Como ciudadanos, debemos decidir si seguiremos entregando nuestras horas de atención a quienes transforman el morbo en una forma de vida, o si empezaremos a exigir el respeto que nuestra comunidad merece.

