¿Cómo fue que envejeciste?
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** Desperté un día y me encontré en esta edad, para la cual no estaba preparado. Llega así, de golpe, el día que logra detonar la persistencia de nuestra negación. Se acumula mientras uno está abstraído por discusiones tramposas que la televisión nos quiere vender como afectaciones centrales de nuestras vidas.
Que si está bien o mal que Icardi las prefiera redonditas; que si el humorista Jorge Corona tiene alguna responsabilidad en el coronavirus chino … Que si Maradona balbuceó cinco palabras y deben incorporarse a su catecismo infalible…
** Eso es justamente lo que Mr. Tiempo quiere; que no nos queden momentos libres para darnos cuenta que se está devorando las semanas y los meses de nuestro paso por este polvaredal. Pensar, ¿cuándo se es viejo?, ¿qué es ser viejo?
Siempre se es viejo a los ojos de alguien. Diga usted si no es así. Por mi condición de género no puedo explicar qué siente una mujer tras cada década cumplida. Quizás se preocupa más por cómo se ve a sí misma que por cómo la ven (si ambas cosas fueran separables).
** Teóricos de cafetín que perecieron en el anonimato sin probar su teoría, han afirmado que la mujer es tan introspectiva que ve pasar a su lado a cientos de hombres que se creen dignos de ellas, y no los ve. Fundan su aserto en que nadie ha visto a una mujer voltear la cabeza en la calle para mirar desfachatadamente el trasero de un hombre con el que acaba de cruzarse.
** Herr Alphons Grüne Mench, catedrático de la posguerra de piropos y galanterías, sostenía que los hombres babosos tienen licencia para ser mirones hasta la mitad de la vida, punto que habría sido señalado magníficamente por Alberto Cortez en su canción: “A partir de mañana empezaré a vivir la mitad de mi vida, la mitad de mi muerte”. La composición data de cuando el cantor y compositor transitaba sus jóvenes 40 años. ¿Jóvenes para quién? Para los mayores de 50 o más.
Aquellos fueron los días
** Con mayor introspección, el filósofo autodidacta Obutu Andapa Ayá, nacido en Kenia y educado en la escuela de peones de vialidad de Valladolid, España; donde egresó como experto en mirarlas pasar; sostenía que el hombre debería mirar más hacia sus protuberancias externas que hacia su interior profundo.
Obutu recorría pueblos y, trepado al estribo de su viejo Chevrolet 27, enseñaba que si a los cuarenta el hombre se mirase más a sí mismo que a las mujeres, tomaría cuenta de que su barriga y papada lo inhabilitan para el piropo de calle. Uno de sus discípulos iría aún más lejos con su ironía: “no hay uno que se pueda agachar sin que el jean (yin) le destape el trasero”.
** El caníbal Andapa Ayá –para quienes no tengan referencia de este pensador– pertenecía a la vieja escuela de caníbales de la meditación introspectiva, convertidos oportunamente al veganismo. Sostenían que el hombre barrigón mira hacia su interior y se pierde en el laberinto de sus indeseables jugos estomacales, por lo que sus contertulios procuraban eliminar ese escollo morfando menos y aficionándose a las dietas saludables. Se comían solo a los flacos, y si alguna flaca les daba oportunidad, también.
Amantes del sistema decimal
** Sin pretensión de contradecir ni debatir con aquellos colosos del pensamiento libidinoso y alborotador, creo que a toda edad somos viejos a los ojos de alguien. La profesora o profesor que a los treinta se presente en el aula para dictar una clase será llamada “la vieja” o “el viejo” de la materia en la que se ha graduado. El sujeto que a los cuarenta concurre a una playa o la pileta de un club, si no entendió que es viejo corre el riesgo de pintar más verde que el Increíble Hulk.
** A los cincuenta, los Millenials te ven como el papá o la mamá de la profe, que ya es mamá… ¡correte abuelo! A los sesenta, si fuera certero el pensamiento del Mandeb de Dolina, al hombre solo le queda el derecho a ser amado por su limpieza, trayectoria comercial o apellido ilustre.
** A esa edad tanto el hombre como la mujer pierden el favor de los periodistas jóvenes que pueblan las redacciones. Si al cruzar la calle te lleva puesto una chica que viene en bici mascando chicle y chequeando WhatsApp, titularán que un ‘sexagenario’, o ‘sexagenaria’ fue embestido por una adorable ciclista.
¡Ah, que te re! ¿Por qué no titulas que la ‘treintenaria’ de la bici embistió a un profe de matemáticas? ¿O a una elegante mujer de rojos labios y gafas negras?, que a los 60 ya no debería usarlas porque la visión ya está disminuida ¿viste?
Las deventuras de Obutu
** En fin, son puntos de vista y pensamientos que podemos objetar, lo que no podremos evitar es la metamorfosis a la que nos expone el paso del tiempo. Pero los mayores de 30 a 60 abriles también somos objeto de apreciaciones injustas. “Me choqué a una vieja”, oí decir risueñamente a un chico que metros antes se había topado con una encantadora mujer que podría ser su hermana mayor. Ambos caminaban grabando audios en sus celulares (viste que lo llevan como quien está por morder una tostada con manteca) y no se vieron. ¿Qué diferencia entonces, en estos tiempos, a un adolescente de una persona de edad madura, si van por las calles haciendo las mismas pendejadas?
** Traigo a colación la vida de Obutu Andapa Ayá, el negro que en su juventud había logrado una diplomatura en el arte del requiebro, rituales de cortejo y estrategias de seducción. Mientras fue estudiante, cada domingo a la tarde se dirigía a la plaza de su pueblo para hacer sus prácticas de abordaje entre las damas que daban la vuelta del perro, sin discriminar a la madre o la tía que acompañaba convenientemente a la joven. Obutu registraba de uno a tres levantes por domingo. Lo levantaba la patrulla urbana por mal aliento y amenaza. (Los caníbales, en general, no son correspondidos cuando arremeten con frases tipo “te quiero comer a besos”).
** La cuestión es que aquellos muchachos atropelladores, especie de depredadores de las peatonales, llegaron a la etapa discreta y afable de su existencia y con ellos se desvaneció el piropo y las miradas desvergonzadas en la vía pública. Quedó solo una mínima reserva: los repartidores urbanos y recolectores de residuos. Otros responsabilizan de esta pérdida a la ley de acoso callejero, responsable de que los muchachos que peinan canas hayan renunciado a la mirada procaz y el piropo halagador, y las nuevas generaciones se niegan a continuar con esa tradición desfachatada, prefiriendo ejercer su desfachatez en formas más novedosas.

