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![]() Entre Ríos, Argentina |
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Mangrullo
Antología del camelo **
Un sacerdote está dando la misa y va a empezar su sermón: -“Queridos hermanos,
hoy vamos a hablar de la mentira y de los mentirosos. ¿Cuántos de vosotros
recordáis lo que dice el capítulo 33 del evangelio de San Lucas? Todo
el mundo levanta la mano, entonces el cura continúa: -“Bueno, pues a eso me
refiero. El evangelio de San Lucas sólo tiene 24 capítulos”. La mentira (embuste, falacia, camelo, patraña) nació con el hombre, que ni siguiera necesita abrir la boca para mentir (estos fieles solo levantaron las manos). Cuando alguien te cae mal y sin embargo le sonríes, cuando finges, también estás macaneando. Pero hay otras muchas formas. **
Siempre se ha mentido. Desde el origen mismo de la humanidad. El “cameleo”
doméstico no tiene técnicas escritas, pero la mentira pública, la que se dice o
ejerce desde el poder político o los grupos de poder que defienden sus
intereses desde otro lado, han tenido grandes maestros. Maquiavelo fue uno de ellos; quizás el más práctico. Goebbels fue otro; sin dudas el más perverso. Goebbels fue honesto en una sola cosa, no se hizo llamar ministro o secretario de ‘comunicación’ o de ‘prensa’ de Adolfo Hitler, sino Ministro de “Propaganda”. Nadie como él escribió en forma práctica y sintética la manera más eficaz de embaucar a las multitudes. ¡Linda herencia! ** Goebbels nos dejó su famosa frase que perforó verticalmente todos los tiempos hasta el presente: “Miente, miente, que algo quedará”. Y escribió los “Once principios de la propaganda” que les enseñaron a mentir a las generaciones siguientes, o quizás a ser más eficaces en el campo del marketing comercial o de campañas políticas. **
Por suerte nunca fueron enseñados como modelos virtuosos en las escuelas de
periodismo, donde quizás se les dedique una hora en Semiótica, Pensamiento
Contemporáneo, Ética, o alguna otra materia donde sean abordados, pero siempre
como un ejemplo opuesto al ideal del periodista. Más adelante los detallaremos, quizás sirvan para aprender a cuidarnos de los que nos mienten desde cualquiera de los poderes que se están rompiendo los cuernos en esta pelea de elefantes que desde el llano contemplamos con estupor. **
Un último detalle, muy práctico y actual. Aquellos periodistas o medios que no
comparten el pensamiento del gobierno pero se han asociado a él por interés o
beneficios, también mienten y se mienten a sí mismos. Y aclaramos una vez más; no se miente solo desde los gobiernos y en todas las épocas; también en contra de ellos. Por amor miente la flor ** Así como Maquiavelo ha inspirado la ciencia política universal con su lógica tan particular, algunos se avergonzarían de seguir las instrucciones de Goebbels, y otros las siguen pero jamás declararían haber leído alguna vez sus once principios. En esta columna los citaremos y es muy probable, nos atrevemos a anticipar, que nuestros lectores encuentren en ellos las bases de tantas cosas que leen o escuchan. **
Para la colectiva tranquilidad de conciencia, es bueno saber que muy pocos
humanos pueden decir que no mienten ni una sola vez al día. “Los seres humanos
mentimos de forma espontánea, de igual manera que respiramos o sudamos”, dice
el filósofo David Livingstone Smith, director del Instituto de Ciencias
Cognitivas y Psicología Evolutiva de la Universidad de Nueva Inglaterra (EE.UU)
y autor del libro: “¿Por qué mentimos?: las raíces evolutivas de la mentira y
del inconsciente”. Después de todo, esta particularidad humana ya aparece y se describe en los primeros capítulos de La Biblia y de otros textos sagrados, incluso preexistentes. ** Si habláramos sobre este tema con el sabio Don Leoncio (personaje creación de esta columna. -Aclaramos para los lectores nuevos), quizás nos diría que no se asombra porque, sin ir más lejos, él tiene “una planta que miente”. Y uno descree ante un comentario de este calibre, pero si nos guiamos por aquel libro que acabamos de citar, “la mentira se encuentra en todo el reino natural”. ** Don Leoncio podría fundamentar su afirmación con algo así como: “tengo una planta cuyas flores tienen forma de avispa hembra para atraer a los machos, que de puro calentones que son se lanzan sobre ella, que los usa para que lleven el polen a otra flor y la polinicen”. Así es la naturaleza. Esa planta miente (engaña) con su forma. La imparcialidad en retirada ** También sucede en el reino animal, donde hay serpientes que fingen ser venenosas para ahuyentar a depredadores. Otros dirán que tienen una suegra que ni siquiera tiene que fingir para eso, pero no nos metamos en estos berenjenales, sigamos con el bicherío, que no se ofende: Hay un tipo de orugas que fingen ser serpientes con el mismo fin de correr con la vaina a sus depredadores. Y si a usted se le ocurre otra asociación más con su suegra –porque desde el fondo de la historia se ha mentido siempre sobre la mala influencia de ellas en el matrimonio–… corre por su cuenta. **
Dice Livingstone que “la mentira no se ciñe simplemente al hecho de decir cosas
que no son verdad. También mentimos al ocultar información, o al decir algo que
es verdad de manera tal que el interlocutor crea que es falso”. En esto el
filósofo no enseña nada nuevo, solo pasa en limpio lo que solemos ver, oír y
experimentar, en el trato diario con nuestros semejantes o en los medios de
comunicación, muchos de los cuales están tuertos. En realidad la “tuertez” parece haberse instalado en los medios argentinos. Se ha puesto de moda el periodismo militante; te montas en el caballo para darle latigazos al que has elegido como oponente y vives elogiando la bandera que enarbolas. ¡Grande Ufemio! **
--¿Qué quiere que le diga? (nos dijo cierta vez don Leoncio) uno a veces miente
para zafar y abre un interrogante filosófico. Y contó la anécdota de su cuñado
Ufemio (que se llama Eufemio pero “así se pronuncia” dice Leoncio). Contaba
que la esposa de Eufemio, mujer poco agraciada según detalló, que ni se
molestaba en depilarse los bigotes, cierto día se hartó del verso de su marido y
le puso una condición muy grave: “¡Te lo advierto Ufemio; una mentira más y me voy
de esta casa!” Y él le responde con una estrategia: “¿Cómo me va a decir eso la mujer más linda del mundo?” **
Interrogante filosófico: ¿Eufemio mentía o declaraba un sentimiento? ¿Su mujer desmentiría
esa afirmación diciéndole que estaba mintiendo una vez más? Si ella se lo creyó, no fue una mentira, ¿o sí? **
Pero más allá de los enredos de Leoncio, volvamos a la ciencia. Podemos mentir
sin utilizar palabras, a través de una sonrisa falsa, al andar o adquirir
posturas que aparentan confianza en uno mismo, o simular una humildad que no se
tiene. Pero
¿por qué mentimos? Siempre de acuerdo al citado investigador de la psiquis
humana, es porque engañar nos permite conseguir lo que queremos mediante la
manipulación y la explotación de otros individuos. “En general, mentimos para
obtener algún beneficio, poder, estatus, etcétera. La mentira bien hecha suele
ser un pasaporte al éxito. Por eso mentimos”, comenta el sitio rtve.es y
reproduce El Ciudadano (20-04-13). A Leo Fariña le dio resultado… durante un tiempo. ** Lo bueno, para la salud de la sociedad, es que ninguna mentira, chica o grande, se puede sostener en el tiempo. Va quedando en evidencia y tarde o temprano los mentirosos consuetudinarios quedan identificados, a veces solo por su entorno, sus conocidos, y cuando son más públicos, por las multitudes. Chicos, no lo hagan en casa ** Vamos con la prometida tabla de este nefasto personaje de la historia criminal de la humanidad; Herr Goebbels, y sus “Once principios de la propaganda”. •
Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo. •
Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada. •
Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan. •
Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. •
Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar. Y sigue… •
Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas. De aquí viene también la famosa frase: "Si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad". •
Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. • Principio de la
verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias. •
Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines. •
Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas. •
Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad. **
Es todo. Chau. Disfrute el fin de semana, que tendrá un sol tan amarillo y
simple como una margarita. |
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